Efemérides. “Señor, me tiene que acompañar”

Hace exactamente cuatro años, escribía en el viejo www.manuginobili.com esta historia. Nos sucedió a Luis Scola y a mí en nuestra primera mañana en la Villa Olímpica en Londres. Me imagino que alguno de ustedes la habrá leído en su momento, pero como es una de mis favoritas de siempre, la vuelvo a compartir. ¡El público se renueva!

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Señor, me tiene que acompañar.

 

26 de Julio del 2012. Son las 7.15hs y con mi querido compañero de habitación Luis Alberto Scola dormimos plácidamente en nuestras alargadas camas de 2.20m.

Un insistente golpe de puerta nos despierta. Pienso que nos quedamos dormidos, luego que se está derrumbando la villa y hay que evacuar, pero después escucho ese acento inglés tan particular que le pide a Luis su credencial. El 4 de la Selección no puede hablar de lo dormido que está, parece que se hubiera comido un kilo de arena a mitad de la noche. Como lo describe en su tuit, me pregunta si en caso de declararse culpable nos dejarían dormir un par de horas más. Yo que tampoco entiendo nada, sonrío y escucho la bizarra conversación que incluye una pregunta muy picante e incisiva: “¿Me puedo lavar los dientes?”. Ante semejante pregunta, este buen hombre toma su handy y empieza a preguntar a su superior si, de hecho, podía o no. No sé si echarlos, reírme, ignorarlos o qué, pero doy media vuelta e intento dormirme otro rato mientras nuestro amigo se va con paso lento y doloroso rumbo al laboratorio mientras repite una y otra vez: “¡Qué mala leche!”.

Vuelvo a sonreír y le digo a mi acolchado temático: ¡Pobre! Hay que tener mala suerte…
Mucha luz entra por la ventana, intento dormir, giro de un lado a otro, miro la hora, escucho ruidos y siento un cosquilleo bien interno que me pide a gritos una visita fugaz al baño a buscar paz interior, fue una larga y placentera búsqueda. Cuando vuelvo a la tranquilidad de mi ahora solitaria y silenciosa habitación, apoyo la cabeza en la almohada, me relajo y hasta contemplo lo duro que hubiera sido tener que levantarme e ir a hacer el control en esa situación.

Miro otra vez el reloj, 7.50hs. Pienso en lo dulces que serían las próximas dos o tal vez tres horas de sueño cuando de nuevo escucho un golpe insistente de puerta. Esta vez más lejano, pero igual de incansable. Nadie parece darle importancia, así que voy yo a las puteadas. Abro y veo a otro sonriente colaborador diciéndome que es del control antidoping. Viene a buscar a otro del equipo. Todavía quedan 11 jugadores más y no puedo evitar pensar en ese 9% de chances que sea yo y lo desestimo, soy un tipo de suerte. Cuando me pide la credencial me hace dudar, pero claro, son ingleses y el básquet no es su deporte. Le pregunto a quién busca, pero insiste en pedirme la identificación olímpica: pienso inmediatamente que estoy al horno. Al mostrársela escucho la frase que definitivamente no quería escuchar habiendo vaciado completamente mi vejiga tan solo minutos antes: “Señor, me tiene que acompañar”.

Dos horas y dos litros de agua después, sigo en la salita junto a dos coreanas, dos ecuatorianos, tres chinos, dos rusos, dos mongoles y sin ganas de hacer lo que me piden que haga.

Hasta la próxima.
Manu