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Hace unos pocos días publiqué la anécdota sobre “Mi Duelo con MJ” (si la quieren en español, creo que la pueden encontrar buscando un poquito). Decidí contarla en inglés porque consideré que en castellano ya lo había hecho varias veces. A muchos de ustedes les gustó la historia y dijeron que el sólo hecho de haber compartido cancha con Michael Jordan era más que suficiente para sentirse muy halagado. Estoy totalmente de acuerdo. De hecho puede que tal vez haya exagerado un poquito mis sentimientos para darle una cuota de color al relato.

Es muy posible que piensen que algo así me haya sucedido sólo una vez en mi vida, pero ahí sí estarían muy equivocados. Ya había sucedido ¡y peor! De una manera más dolorosa y hasta casi humillante en la cabeza de un chico de 18 años. Fue un verdadero piñón al mentón a mi incipiente autoestima.

manuginobili andino rioja

Con este cuerpo y caripela era difícil pedir más…

1995. Año de muchos cambios para mi. Por primera vez dejé el hogar familiar y mi grupo de amigos para explorar el mundo del deporte profesional. El destino era La Rioja, a 1300 kilómetros de casa, en una época en que las comunicaciones eran otra cosa. Internet casi no existía o al menos no existía para mí. A modo de contexto para los millenials o la generación Z que puedan estar leyendo esto, les cuento que no eran comunes los celulares, que para llamar a mi familia tenía que caminar tres cuadras hasta el locutorio (en ese locutorio, mientras hablabas, había un relojito a modo taxímetro que te iba recordando a cada segundo, cuántos pesos te iba a costar la melancolía), que a mis amigos les escribía cartas… sí, ¡cartas! con papel y la lapicera, que se televisaba sólo un partido por semana de básquet y que prácticamente no había forma de ver las mejores imágenes de los partidos o saber en tiempo real qué pasaba en la LNB. A Youtube le faltaban 10 años para nacer, Olé, Fox Sports, TN Deportivo tampoco existían. Las redes sociales actuales, menos.

En ese entorno entonces, la gira del club Andino de La Rioja por Comodoro Rivadavia el viernes 15 de Diciembre, la llegada a Bahía Blanca el 16 y subsiguiente partido contra Estudiantes el 17 era una fecha definitivamente importante y muy esperada para este flaco narigoncito lleno de melancolía. No recuerdo mucho del 16, sólo que visité a mi viejos después de tres meses sin verlos y que también estuve con algunos de mis compañeros del secundario, pero todo muy fugaz. Había que descansar porque al día siguiente se iba a producir mi regreso a las canchas en mi ciudad. Había jugado algunos minutitos en Comodoro Rivadavia y todo hacía pensar que se iba a repetir la situación. Nada más ni nada menos que para jugar en el legendario estadio de mi ciudad: el Osvaldo Casanova. Mucha expectativa.

Sabía que toda mi familia iba a estar ahí, viejos, primos, tíos, abuela y también el enorme Constantino Maccari. El fenómeno de mi abuelo que creo que nunca se había perdido un partido mío de local en Bahiense del Norte aunque no se aventuraba a alejarse del barrio en que nacimos. Estaba ahí en la platea, con sus 83 impolutos años. Firme con la frente en alto, sin escarbadiente en boca (muy posiblemente mi abuela Adelia se lo había hecho tirar antes de entrar) y vistiendo con hidalguía su mejor combinación de boina y saco de paño a pesar de los 35 grados. El nieto más chico volvía para mostrar sus destrezas, había que estar presentable. Además, también estaban varios de mis anteriores compañeros de Bahiense del Norte y los más cercanos de la secundaria, incluyendo alguna que otra amiga con cartelito hecho a mano. ¡Toda una fiesta!

Le daría más suspenso al relato, pero me cuesta mucho recordar fehacientemente lo ocurrido hace 21 años. Igual no importa porque ya les conté el final en el segundo párrafo. Pasó básicamente lo mismo que en Washington esa vez. La misma excitación pre partido. La misma tensión en los primeros minutos. ¿Y se acuerdan de la llamada inesperada en momento inoportuno que me hizo Popovich en el 2002? Bueno, ya la había hecho Huevo Sánchez en el 95 en Bahía Blanca. “Manu, dale, sacalo a Chiche (Daniel Farabello), defendé a Ipucha“. La cosa es que entré, lo defendí y así como entré, terminó el primer tiempo sin tocar la pelota (esta vez no hubo siquiera un triple errado de mitad de cancha) y no entré más. Fueron 20 segundos que parecieron 2.

Esta vez creo que no existe el consuelo al estilo “compartiste cancha con MJ”. En este caso lo positivo fue ver a toda mi gente, en realidad a la mayoría, que ya extrañaba notablemente. La verdad que 48hs no parece tanto en retrospectiva, pero recuerdo que, después de esos tres primeros meses tan lejos, resultaron suficientes y me hicieron realmente muy bien para afrontar los cinco meses de temporada que aún quedaban.

Apostillas

*No creo que valga la pena aclarar, pero en ninguna de estas historias hay crítica a mis entrenadores. Es más, creo que yo en la situación de ellos hubiera hecho lo mismo. Solo están contadas desde la óptica de uno de los protagonistas. A los 18 años no estaba lo suficientemente maduro deportivamente ni físicamente apto para jugar mucho tiempo contra hombres en la Liga Nacional.

*Para los románticos de La Liga y curiosos de su historia, comparto la estadística del partido en cuestión. Gracias a Javier Domínguez (@xdominguez y @laligadata), enciclopedia caminante de nuestra competencia, pude obtener los datos oficiales de esa noche. Ese minuto que aparece ahí fue redondeado hacia arriba. ¡Si tenés dudas, andá a conseguir el video y demostrame lo contrario! je.

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Estadísticas finales del partido.
Nótese la plétora de ceros en mi línea.